Guayoyo en Letras

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AL GRANO

Por Valentina Issa

 

A buscarse otro pueblo…

Después de años de sentirnos estancados, y en momentos sin salida, hoy los venezolanos atravesamos juntos una metamorfosis. Sí, es cierto, las cosas están cambiando para todos, y los pasos que dan gobierno y oposición día a día están teniendo consecuencias.

 

“Raúl, Nicolás y Diosdado van a tener que buscarse otro pueblo. El venezolano les salió muy bravo…” escribe Fernando Mires en el artículo publicado por el diario Tal Cual en su edición del 11 de mayo de 2013, y que reproducimos para ustedes a continuación.

 

Venezuela no es la misma del año 2006, ni siquiera es la misma de Octubre de 2012.

 

 

UNA REBELIÓN DEMOCRÁTICA

Fernando Mires

 

fernandomiresMario Vargas Llosa escribió un artículo cuyo título es una tesis: "La larga muerte del chavismo".

 

Cierta o no, hay que admitir que el chavismo, como toda unidad histórica, está sujeto a un proceso de desarrollo. Ahora, en ese proceso, el chavismo ha recorrido tres fases. Así, podemos hablar del chavismo como movimiento social, del chavismo como ejercicio autocrático y del chavismo como Estado.

 

De acuerdo a la primera fase, Chávez llegó al gobierno como líder de un movimiento social con fuerte presencia de sectores subalternos no representados simbólicamente en el poder.

 

En la segunda, tuvo lugar una estatización del movimiento social originario.

 

Preocupación de Chávez fue mantener el vínculo entre la instancia movimientista y la estatal. Él mismo actuaba como líder social y como representación del Estado. Así, su figura adquirió una autonomía casi absoluta. Más todavía. Si Chávez frente a la nación actuaba como autócrata, al interior del chavismo fue un dictador. La palabra de Chávez era para el PSUV, la Ley. Para sus seguidores él estaba no en contra sino por sobre la Ley.

 

En una tercera fase los seguidores inmediatos del líder construyeron una cúpula desde la cual tejieron una relación de poderes convergentes con la cima estatal. Nació así una "nomenklatura" a la venezolana, oligarquía estatal que se prolongó hasta en los rincones más lejanos del territorio.

 

El poder del chavismo llegó a ser social, económico, político y militar. Social, porque mantenía atadas al Estado a las organizaciones sociales. Económico, porque mediante el control petrolero el gobierno se convirtió en el capitalista más poderoso de la nación. Política, porque en su forma de Estado, el chavismo secuestró a los poderes públicos. Y militar, porque mediante prebendas y presiones, Chávez convirtió a las fuerzas armadas en una instancia ligada a su persona y no a la Constitución. Y bien, todo ese orden, como si fuera un sistema solar, giraba en torno a un sol. El sol era Chávez.

 

Maduro, en cambio, al no ser líder social tiene problemas para ejercer como autócrata o, lo que es peor, es un autócrata sin fuerza social. De ahí su descontrol, su aparente locura.

 

Después de pocos días de gobierno, Maduro no está en condiciones de recuperar el poder social perdido. Así, todo indica que la represión crecerá en la misma proporción en que decrece el carácter movimientista del gobierno.

 

Sin embargo, hay una buena noticia. De la muerte del chavismo no surgirá un estado de descomposición social y política.

 

Pues, paralelamente al descenso del chavismo, asciende una alternativa: la emergencia de una rebelión política, constitucionalista, pacífica, social y nacional a la vez.

 

La rebelión democrática de Venezuela comenzó a tomar forma durante el proceso electoral que culminó con la dudosa victoria de Maduro. Porque justo en los momentos que siguieron a los masivos funerales, cuando todas las encuestas daban por ganador al "hijo de su padre", Capriles se convirtió en impulsor de un tsunami democrático y popular.

 

Junto con el cuestionado triunfo del candidato chavista, ha nacido un movimiento social similar al que llevó a Chávez al poder. Ese movimiento, electoral en sus orígenes, ha pasado a transformarse después de la negativa del CNE a destapar el fraude, en una ola de indignación que recorre la nación. Ha nacido en Venezuela una rebelión democrática.

 

Sin embargo, a diferencia de rebeliones que ponen en juego el orden institucional, la de Venezuela plantea la defensa de las instituciones frente al Estado. Es por eso que el que dirige Capriles es un movimiento, antes que nada, constitucionalista.

 

¿Cuál es el sentido de que Capriles recurra al CNE y después al Tribunal Superior de Justicia si ambas son instituciones controladas por el gobierno? Esa es precisamente la razón. Al exigir Capriles al CNE que realice auditorías correctas, la oposición no desconoce, por el contrario, reconoce a la institución. Lo mismo va a ocurrir con el TSJ, a cuyos magistrados Capriles les tiende la mano. Los jueces podrán aceptarla o no. Pero si no lo hacen, Capriles tendrá a su lado no sólo la legitimidad, sino, además, la legalidad. Y a una rebelión mayoritaria, legítima y legal, nunca la ha parado nadie.

 

El carácter constitucionalista de la rebelión indica por qué Capriles y la MUD han renunciado al ejercicio de la violencia. En un clima de violencia, un gobierno apoyado en la legitimidad de las armas pero no en las armas de la legitimidad, sólo puede obtener ventajas.

 

La rebelión democrática venezolana no es un caso aislado. Ella se inscribe en una tradición de rebeliones que avanzan desde fines del siglo XX hasta nuestros días.

 

Las rebeliones que pusieron fin al comunismo soviético tuvieron un carácter pacífico. Las rebeliones antidictatoriales que tuvieron lugar en Argentina, en Chile y en Uruguay, fueron, como la venezolana, pacíficas y constitucionalistas. Incluso las dos más exitosas de la "primavera árabe", la tunecina y la egipcia, fueron gestadas por una oposición pacífica.

 

La violencia es el recurso de los que no tienen poder. Quien tiene el poder, escribió Hannah Arendt, no precisa de la violencia. El poder político a la vez, contiene otros tres poderes. El de la mayoría, el de la legitimidad y el de la legalidad. Esos tres poderes ya se encuentran en manos de la oposición venezolana.

 

Chávez, preciso es decirlo, dejó un heredero pero ningún testamento.

 

No obstante, Adelaida, la hija del Che, declaró que el venezolano es un pueblo ignorante, no preparado para asumir el legado de Chávez. Al leer tamaño disparate no pude sino recordar al gran Bertold Brecht.

 

Cuando la dictadura de la RDA distribuyó después del 17 de junio de 1953, volantes en los que se decía que el gobierno había perdido la confianza en el pueblo, Brecht escribió: "¿no sería más conveniente que el gobierno disolviera al pueblo y eligiera a otro?" Raúl, Nicolás y Diosdado van a tener que buscarse otro pueblo. El venezolano les salió muy bravo, demasiado arrecho.

 

FUENTE: Diario Tal Cual - 11 de mayo de 2013

 

Última actualización el Lunes, 13 Mayo 2013 03:33

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AL GRANO

Por Alexander Gamero Garrido

 

Con la extraordinaria pluma a la que nos tiene acostumbrados este Premio Nobel de la Literatura, Mario Vargas Llosa pinta una imagen muy fiel de la situación que vive el movimiento revolucionario. Destaca el detalle con el que narra la situación de Venezuela, lo cual es quizás un recordatorio al gobierno venezolano de que el mundo nos está observando.

 

Experto en la historia reciente latinoamericana – y novelista en el tema – Vargas Llosa nos regala este editorial, con su apreciación de lo que pasa y lo que viene en Venezuela.

 

La muerte lenta del chavismo

PIEDRA DE TOQUE. Al mismo tiempo que el Gobierno de Nicolás Maduro convertía el Parlamento en un aquelarre de brutalidad, la represión se amplificaba y se detenía a funcionarios por votar a la oposición

 

Por Mario Vargas Llosa. Publicado originalmente en el diario El País de España

 

vargasllosa1Una fiera malherida es más peligrosa que una sana pues la rabia y la impotencia le permiten causar grandes destrozos antes de morir. Ese es el caso del chavismo, hoy, luego del tremendo revés que padeció en las elecciones del 14 de abril, en las que, pese a la desproporción de medios y al descarado favoritismo del Consejo Nacional Electoral —cuatro de cuyos cinco rectores son militantes gobiernistas convictos y confesos— el heredero de Chávez, Nicolás Maduro, perdió cerca de 800 mil votos y probablemente sólo pudo superar a duras penas a Henrique Capriles mediante un gigantesco fraude electoral. (La oposición ha documentado más de 3,500 irregularidades en perjuicio suyo durante la votación y el conteo de los votos).

 

Advertir que “el socialismo del siglo XXI”, como denominó el comandante Hugo Chávez al engendro ideológico que promocionó su régimen, ha comenzado a perder el apoyo popular y que la corrupción, el caos económico, la escasez, la altísima inflación y el aumento de la criminalidad, van vaciando cada día más sus filas y engrosando las de la oposición, y, sobre todo, la evidencia de la incapacidad de Nicolás Maduro para liderar un sistema sacudido por cesuras y rivalidades internas, explica los exabruptos y el nerviosismo que en los últimos días ha llevado a los herederos de Chávez a mostrar la verdadera cara del régimen: su intolerancia, su vocación antidemocrática y sus inclinaciones matonescas y delincuenciales.

 

Diosdado Cabello celebraba que María Corina Machado fuera arrastrada por los cabellos

 

Así se explica la emboscada de la que fueron víctimas el martes 30 de abril los diputados de la oposición —miembros de la Mesa de la Unidad Democrática—, en el curso de una sesión que presidía Diosdado Cabello, un ex militar que acompañó a Chávez en su frustrado levantamiento contra el Gobierno de Carlos Andrés Pérez. El Presidente del Congreso comenzó por quitar el derecho de la palabra a los parlamentarios opositores si no reconocían el fraude electoral que entronizó a Maduro e hizo que les cerraran los micros. Cuando los opositores protestaron, levantando una bandera que denunciaba un “Golpe al Parlamento”, los diputados oficialistas y sus guardaespaldas se abalanzaron a golpearlos, con manoplas y patadas que dejaron a varios de ellos, como Julio Borges y María Corina Machado, con heridas y lesiones de bulto. Para evitar que quedara constancia del atropello, las cámaras de la televisión oficial apuntaron oportunamente al techo de la Asamblea. Pero los teléfonos móviles de muchos asistentes filmaron lo ocurrido y el mundo entero ha podido enterarse del salvajismo cometido, así como de las alegres carcajadas con que Diosdado Cabello celebraba que María Corina Machado fuera arrastrada por los cabellos y molida a patadas por los valientes revolucionarios chavistas.

 

Dos semanas antes, yo había oído a María Corina hablar sobre su país, en la Fundación Libertad, de Rosario, Argentina. Es uno de los discursos políticos más inteligentes y conmovedores que me ha tocado escuchar. Sin asomo de demagogia, con argumentos sólidos y una desenvoltura admirable, describió las condiciones heroicas en que la oposición venezolana se enfrentaba en esa campaña electoral al elefantiásico oficialismo —por cada 5 minutos de televisión de Henrique Capriles, Nicolás Maduro disponía de 17 horas—, la intimidación sistemática, los chantajes y violencias de que eran víctimas en todo el país los opositores reales o supuestos, y el estado calamitoso en que el desgobierno y la anarquía habían puesto a Venezuela luego de catorce años de estatizaciones, expropiaciones, populismo desenfrenado, colectivismo e ineptitud burocrática. Pero en su discurso había también esperanza, un amor contagioso a la libertad, la convicción de que, no importa cuán grandes fueran los sacrificios, la tierra de Bolívar terminaría por recuperar la democracia y la paz en un futuro muy cercano.

 

Todos quienes la escuchamos aquella mañana quedamos convencidos de que María Corina Machado desempeñaría un papel importante en el futuro de Venezuela, a menos de que la histeria que parece haberse apoderado del régimen chavista, ahora que se siente en pleno proceso de descomposición interna y ante una impopularidad creciente, le organice un accidente, la encarcele o la haga asesinar. Y es lo que puede ocurrirle también a cualquier opositor, empezando por Henrique Capriles, a quien la ministra de Asuntos Penitenciarios acaba de advertirle públicamente que ya tiene listo el calabozo donde pronto irá a parar.

 

No es mera retórica: el régimen ha comenzado a golpear a diestra y siniestra. Al mismo tiempo que el Gobierno de Maduro convertía el Parlamento en un aquelarre de brutalidad, la represión en la calle se amplificaba, con la detención del general retirado Antonio Rivero y un grupo de oficiales no identificados acusados de conspirar, con las persecuciones a dirigentes universitarios y con expulsiones de sus puestos de trabajo de varios cientos de funcionarios públicos por el delito de haber votado por la oposición en las últimas elecciones. Los ofuscados herederos de Chávez no comprenden que estas medidas abusivas los delatan y en vez de frenar la pérdida de apoyos en la opinión pública sólo aumentarán el repudio popular hacia el Gobierno.

 

Da tristeza un Gobierno, cuyo jefe de Estado silba, ruge o insulta porque no sabe hablar

 

Tal vez con lo que está ocurriendo en estos días en Venezuela tomen conciencia los Gobiernos de los países sudamericanos (Unasur) de la ligereza que cometieron apresurándose a legitimar las bochornosas elecciones venezolanas y yendo sus presidentes (con la excepción del de Chile) a dar con su presencia una apariencia de legalidad a la entronización de Nicolás Maduro a la Presidencia de la República. Ya habrán comprobado que el recuento de votos a que se comprometió el heredero de Chávez para obtener su apoyo, fue una mentira flagrante pues el Consejo Nacional Electoral proclamó su triunfo sin efectuar la menor revisión. Y es, sin duda, lo que hará también ahora con el pedido del candidato de la oposición de que se revise todo el proceso electoral impugnado, dado el sinnúmero de violaciones al reglamento que se cometieron durante la votación y el conteo de las actas.

 

En verdad, nada de esto importa mucho, pues todo ello contribuye a acelerar el desprestigio de un régimen que ha entrado en un proceso de debilitamiento sistemático, algo que sólo puede agravarse en el futuro inmediato, teniendo en cuenta el catastrófico estado de sus finanzas, el deterioro de su economía y el penoso espectáculo que ofrecen sus principales dirigentes cada día, empezando por Nicolás Maduro. Da tristeza el nivel intelectual de ese Gobierno, cuyo jefe de Estado silba, ruge o insulta porque no sabe hablar, cuando uno piensa que se trata del mismo país que dio a un Rómulo Gallegos, a un Arturo Uslar Pietri, a un Vicente Gerbasi y a un Juan Liscano, y, en el campo político, a un Carlos Rangel o un Rómulo Betancourt, un Presidente que propuso a sus colegas latinoamericanos comprometerse a romper las relaciones diplomáticas y comerciales en el acto con cualquier país que fuera víctima de un golpe de Estado (ninguno quiso secundarlo, naturalmente).

 

Lo que importa es que, después del 14 de abril, ya se ve una luz al final del túnel de la noche autoritaria que inauguró el chavismo. Importantes sectores populares que habían sido seducidos por la retórica torrencial del comandante y sus promesas mesiánicas, van aprendiendo, en la dura realidad cotidiana, lo engañados que estaban, la distancia creciente entre aquel sueño ideológico y la caída de los niveles de vida, la inflación que recorta la capacidad de consumo de los más pobres, el favoritismo político que es una nueva forma de injusticia, la corrupción y los privilegios de la nomenclatura, y la delincuencia común que ha hecho de Caracas la ciudad más insegura del mundo. Como nada de esto puede cambiar, sino para peor, dado el empecinamiento ideológico del Presidente Maduro, formado en las escuelas de cuadros de la Revolución Cubana y que acaba de hacer su visita ritual a La Habana a renovar su fidelidad a la dictadura más longeva del continente americano, asistimos a la declinación de este paréntesis autoritario de casi tres lustros en la historia de ese maltratado país. Sólo hay que esperar que su agonía no traiga más sufrimientos y desgracias de los muchos que han causado ya los desvaríos chavistas al pueblo venezolano.

 

Última actualización el Lunes, 13 Mayo 2013 01:22

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AL GRANO

Por Efrén Rodríguez

 

El mejor sistema electoral del mundo cuenta con un directorio que no lo es. De la manera más vulgar y descarada, como diría Ruben Blades en su canción Decisiones, proponen un modelo de auditoría que de asumirla el Seniat se acabarían las multas en Venezuela. Es decir, cualquier auditable estaría en la posición de mostrar aquello que mejor le parezca. ¿Absurdo no?

 

Pues bien, gracias a las perrunas decisiones del CNE, Venezuela se enfrenta a una grave y profunda crisis política.

 

La auditoría es para todos
Luis Vicente León

00cne1696Más allá de si pensamos que el proceso electoral fue justo o fraudulento, la oposición tiene el derecho legal, político y ético de solicitar una auditoría que le permita aclarar sus dudas. Cualquier argumento que se use para bloquear o minimizar ese derecho sería absurdo, abusivo y sesgado.

 

Lamentablemente, el debate sobre este tema se ha dado en una combinación de retórica confusa y crispación de ambas partes en conflicto. Todo arranca porque la mayoría no entiende bien cómo funciona el proceso electoral y mucho menos cómo se verifica. La ley indica que el voto válido es el electrónico y sólo con él se puede decidir una elección. En eso tienen razón las rectoras. Pero para llegar a ese voto válido, hay varios pasos que se diseñan para garantizar su legitimidad y auditarlo si es necesario (y si esa auditoría demuestra que la elección no fue adecuada, entonces se puede impugnar). Si este proceso funciona sería teóricamente imposible que una persona votara varias veces o los "muertos" votaran. Una vez que tu máquina fue activada con tu huella (y la pregunta es quién decide cuándo se activa), votas y se imprime tu recibo de votación, el cual depositas en la caja, como comprobante para la auditoría posterior. Finalmente, las personas firman y ponen su huella en el libro de votación, lo cual controla cuántas votaron y quiénes son.

 

Si todos estos procesos funcionan, debería estar bien representada la decisión del pueblo. La denuncia opositora es que en realidad esos procesos no funcionaron adecuadamente.

 

Una vez que la mitad del país desconfía de la otra y del árbitro, el tema deja de ser técnico para convertirse en político y en ese campo, basta desconfiar para tener el derecho a revisar, abrir, tocar y contar.

 

Cuando se decide auditar, ¿cuál es el objetivo? Determinar si todo funcionó como debía. Y ¿sobre qué debe hacerse la auditoría? Sobre todo el proceso. Lo parcial es paja. ¿Contar las papeletas y contrastarlas con las actas y los reportes del CNE es suficiente? No. Eso sólo demostraría que el sistema automatizado funciona adecuadamente para contar los votos que se metieron ahí (un proceso que doy por bueno). Pero es que ese no es el único problema del reclamante. Tomemos un ejemplo simple. La oposición dice que votaron personas fallecidas, que hay votos múltiples, votos plana y abuso de los votos asistidos. No tengo ni idea si eso es verdad o no, pero lo que sí sé, es que si esos muertos "votaron" o hay gente que suplantó identidades, en efecto las máquinas de votación fueron activadas y esas papeletas serían cónsonas con lo que leyó el sistema. Cuando cuentes papeletas y voto electrónico, el voto de los muertos estaría ahí, como las planas y los rellenos. La auditoría parecería perfecta, pero, ¿realmente es así? No, porque con esto no pruebas nada de lo mencionado. La única manera de saberlo sería chequeando los libros y huellas y demostrando si las personas que "firmaron" están vivas o muertas o si hay firmas planas o votos que no fueron activados por huella, o si no cuadran los que se anotaron en libro con el número de papeletas. La idea es determinar si hubo fraude chavista o fábulas urbanas de la oposición y con esto garantizar la paz.

 

Es inaceptable que el CNE decida qué cosas de su proceso se pueden mirar y qué cosas no. Es como si una auditoría a un cajero del banco se le haga sólo sobre el montoncito de dinero que él decida darte y no sobre el monto total.

 

Debemos estar de acuerdo en que una auditoría decente, completa e integral es sana para rescatar la confianza y abogo para que prevalezca la cordura y se eviten conflictos existenciales que, entre dos mitades, sería poco menos que la crónica de una explosión anunciada.

 

@luisvicenteleon
Fuente: El Universal / 28-04-2013

Última actualización el Domingo, 05 Mayo 2013 02:37

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AL GRANO

Por Efrén Rodríguez Toro

 

Brasil se ha aprovechado de la estupidez revolucionaria venezolana. Primero fue Lula. Ese señor que en privado se reía de Chávez, pero que públicamente lo ensalzaba para hacer grandes negocios. Por su parte, la presidenta Dilma Roussef no ha sido tan descarada como su antecesor, pero como bien lo dice Naím: “La esperanza es que sea diferente”. Es decir, los demócratas esperamos una posición más digna y más consecuente de alguien que sufrió los rigores de una dictadura. Ya lo hizo con Irán. Esperamos que más temprano que tarde lo haga con Venezuela.

 

¡Hay que subir el precio!
Moisés Naímmoisesnaim

El precio que pagan los Gobiernos que violan reglas básicas de la democracia ha venido cayendo. Ahora está demasiado barato y es urgente subirlo. Tiene que haber más riesgos y más costos para quienes atentan contra la libertad.

 

Lo sorprendente es que, al mismo tiempo que la impunidad de los autócratas parece reinar, todavía hay Gobiernos disfrazados de demócratas que temen que el mundo descubra lo que realmente ocurre entre bastidores. Hay regímenes autoritarios que hacen sorprendentes esfuerzos para mantener la reputación, la “marca”, de la democracia. Y organizan costosas y arriesgadas maniobras para obtener el “sello de calidad” que confiere el hecho de ser “elegido por el pueblo”. ¿Por qué Vladímir Putin, por ejemplo, monta un tinglado tan complicado de elecciones, rotación de cargos con Dmitri Medvédev y todo tipo de gestos para parecer un dirigente democrático? Podría simplemente declararse jefe de Estado y seguir gobernando de la manera tan autoritaria como lo ha venido haciendo durante más de una década. Y lo mismo ocurre en muchos otros países. De Marruecos a Argentina, de Irán a Ecuador y de Angola a Venezuela, muchos Gobiernos se han vuelto diestros prestidigitadores políticos, que con una mano distraen al mundo con elecciones y otros rituales democráticos mientras que con la otra hacen todo tipo de trampas para concentrar poder, reprimir a los opositores y silenciar a sus críticos.

 

Claro que aún quedan algunos que son más sinceros en su totalitarismo: Corea del Norte, Bielorrusia, Cuba, etcétera. Pero son cada vez menos: el número de países no democráticos cayó de 69 en 1973 a 47 actualmente.

 

Así, la buena noticia es que existe la oportunidad de presionar a los dirigentes pseudodemocráticos que socavan las libertades en sus países; esa oportunidad está ahí para los Gobiernos y líderes de otras naciones que la quieran aprovechar. La mala noticia es que últimamente muy pocos lo hacen.

 

Uno de los ejemplos más ilustrativos de esto es lo que ocurre en América Latina. Durante las cruentas dictaduras que sufrieron muchos países latinoamericanos en los años setenta y ochenta, Venezuela era la democracia que acogía y protegía a los líderes políticos perseguidos por los regímenes militares. Hoy en día, muchos de estos antiguos refugiados están de regreso en sus países y ocupan altos cargos en el Gobierno, el Parlamento o los partidos políticos. Su silencio ante lo que sucede en Venezuela es ensordecedor.

 

La cruel indiferencia de Brasil es quizás la más notable. No se trata de que este país se transforme en el gendarme de la democracia en la región, o que intervenga arbitrariamente en los asuntos internos de los vecinos. Se trata de que de vez en cuando… diga algo. Se trata de que su política internacional refleje los valores de una de las democracias más grandes y vibrantes del planeta. De que exprese públicamente su opinión un país respetado e influyente. Un país cuyos actuales líderes tienen la autoridad moral de quienes han sufrido en carne propia las consecuencias de oponerse a un régimen que recurría a la represión y al castigo como prácticas habituales.

 

Los demócratas del mundo, pero especialmente los de América Latina, observaron con sorpresa y tristeza el estruendoso silencio que mantuvo Lula da Silva durante sus ocho años como presidente frente a las claras violaciones de derechos humanos en Cuba, o frente a las más enmascaradas violaciones a la democracia que perpetraron Hugo Chávez en Venezuela, Rafael Correa en Ecuador o Daniel Ortega en Nicaragua. Ni una sola palabra. Nunca una observación crítica…

 

La esperanza es que Dilma Rousseff sea diferente. Pero hasta ahora no lo ha sido. Brasil reconoció inmediatamente a Nicolás Maduro como presidente, aun sabiendo que había razones para dudar de su triunfo. Esas mismas dudas hicieron que el propio Brasil estuviese entre los países que días después presionaron a Venezuela para que se auditaran los votos. Maduro aceptó un nuevo recuento. Pero las autoridades electorales lo están haciendo de una manera sospechosamente inadecuada. Un Gobierno seguro de haber ganado no debe tener miedo de contar los votos abierta y rigurosamente. Y un Gobierno democrático no debe impedir que los diputados de la oposición hablen en la Asamblea Nacional. Y menos tolerar que los propios legisladores oficialistas los acallen dándoles en plena Asamblea una paliza que los mandó al hospital.

 

Por favor, díganos, presidenta Dilma Rousseff: ¿Qué piensa usted de todo esto?

 

Fuente: El País de España / 04-05-2013

Última actualización el Domingo, 12 Mayo 2013 20:40

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AL GRANO

 

La incertidumbre, la náusea y la crispación

Elías Pino Iturrieta
 
No debemos mirar como hechos aislados lo que desfila frente a nuestros ojos atónitos
 
 
ELIAS PINOLa pasada semana tratamos de mirar el precipicio nacional a través del episodio protagonizado por el presidente de la AN, quien pedía a los diputados de la oposición el reconocimiento de la investidura del ciudadano Maduro como requisito para el posterior ejercicio de sus derechos de palabra. Era una tropelía suficientemente elocuente, se pensó entonces, para diagnosticar con alarma la situación que comenzaba a vivir el país después de un debatido y todavía confuso proceso electoral. Hoy, por desdicha, ese episodio insolente no es único. Fue pionero de otros que se pudieron ahorrar sus ejecutores, sucedidos después y que no debían manifestarse en medio de una incertidumbre cuyos riesgos, en lugar de aconsejar el recrudecimiento de las pasiones, debían orientarse hacia la búsqueda de tranquilidad. Tales hechos no sólo importan debido a que se han expresado a través de numerosos voceros de los altos poderes del Estado, sino también por su manera de ultrajar los principios elementales del republicanismo que la sociedad ha reconocido como fundamentales e imprescindibles desde los tiempos de la Independencia. 


Conviene detenerse en algunos de esos sucesos, para mostrar a través de evidencias concretas el fundamento de lo que ahora se escribe. Seguramente nadie ha escapado del impacto que pudieron causar, en algunos casos en términos favorables, pues no han faltado los venezolanos a quienes ha entusiasmado la conducta de quienes los representan, pero no hay que perder la ocasión de recordarlos cuando se experimenta una sensación de befa llevada hasta la procacidad que obliga a llamar la atención sobre sus consecuencias. La persecución de los empleados públicos, en primer lugar, anunciada a los cuatro vientos como si debiera generar orgullo, en lugar de vergüenza. La condena de las ONG, después, en medio de una campaña de descrédito que sólo pueden llevar a cabo los regímenes totalitarios. El anuncio de represalias contra el candidato de la oposición, también, a quien se acusa de manera temeraria de delitos en los que no está involucrado y sobre cuya existencia sobran las dudas. La campaña, corolario de la conducta anterior, en torno a la multiplicación de unos hechos de violencia llevados a cabo por manifestantes de la oposición, en torno a cuya ejecución se aportan pruebas amañadas o susceptibles de larga y fundamentada discusión. La represión de las multitudes que protestaban ante las sedes regionales del CNE, por último, que ha reproducido situaciones de tormento y dolor que parecían superadas. Quizá escapen otros pormenores de la misma ralea, otros engendros capaces de llenar de alarma, pero los señalados parecen suficientes para provocar, después de un largo y sacrificado proceso de evolución republicana, nauseas justificadas. 


No han sido voceros subalternos del oficialismo, ni funcionarios de segunda, los responsables de semejantes conductas. Si ya sería motivo de suficiente preocupación que los cuadros medios y los acólitos del montón estuvieran en eso, la calidad y la representatividad de quienes los conciben y promueven permite el cálculo preciso del desmán. Hablamos de ministros viejos y nuevos, de gobernadores de estado, de burócratas conocidos en las regiones, de oficiales de las Fuerzas Armadas, de figuras célebres del Parlamento, de plumarios de diversa ralea, de una campaña puesta en marcha desde VTV y aun del propio ciudadano Nicolás Maduro, quien ha propalado en sus discursos la existencia de una conspiración contra el régimen partiendo de la cual avala los excesos del funcionariado, la necesidad de una depuración de la sociedad y el apartamiento violento de quienes tuvieron la osadía de no votar por su candidatura. Los procesos electorales, de acuerdo con la reglas elementales de la democracia, tienen el propósito de encontrar soluciones apacibles a los problemas del común, caminos concertados en términos civilizados y pacíficos, diálogos sustentados en el cálculo de las fuerzas que se toparon y descubrieron en las urnas; pero, de acuerdo con lo descrito, en esta ocasión desembocan en lo contrario, en un teatro de crispación que puede tener consecuencias terribles que, de sólo imaginarlas, producen grima.
 

Desde 1810 está Venezuela peleando contra tales actitudes, contra tales aberraciones. Desde 1810 o, un poco más tarde, desde 1830, no han faltado respuestas de nausea y aprensión ante eventos capaces de producir una crispación general de la cual sólo se pueden esperar corolarios nefastos. Todo lo descrito tiene antecedentes, indecorosos y gloriosos. De polvos viejos nacen lodos nuevos, pero también carreteras buenas para un tránsito feliz. Los totalitarismos tejen la madeja de su hilo desde antiguo, pero también los artífices de la democracia. No pocas veces se ha enfrentado la sociedad a la impudicia de los mandones y, con suerte varia, ha tratado de salir del trance. No estamos viviendo nada nuevo, en esencia, sino la insistencia de la opresión con el disfraz ofrecido por el presente. Se trata ahora, por lo tanto, de ver otra vez de a cómo nos toca. Si la historia es una hazaña de la libertad, como dicen los especialistas en el rastreo de la memoria colectiva, hoy se experimenta, con los rasgos y las influencias propias del tiempo correspondiente, la que incumbe a nuestra generación. No debemos mirar como hechos aislados lo que desfila frente a nuestros ojos atónitos, sino como partes de un proceso en el que, por fortuna, podemos ofrecer testimonio y compromiso. 
 
FUENTE:
EL UNIVERSAL / Domingo 28 de abril de 2013


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Última actualización el Lunes, 29 Abril 2013 04:42

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